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Mexicanidad y esquizofrenia / Agustín Basave / Excelsior

10 de Octubre del 2010



Acaba de publicarse mi nuevo libro, Mexicanidad y esquizofrenia: los dos rostros del mexiJano (Océano). Puesto que se trata de un ensayo que ensayé en este mismo espacio, quiero relatarle a usted algo sobre su proceso de gestación. Para hacerlo tengo que remontarme a muy viejos y muy personales tiempos. Se los comparto porque, si ha tenido la paciencia de leer algunos de mis artículos sobre el tema, quizá pudiera interesarle saber qué me llevó a concebirlos.

Cuando hace tres décadas terminé mi licenciatura, me fui a estudiar una maestría a Estados Unidos. Tenía 22 años y nunca había vivido fuera de mi natal Monterrey. Estar lejos de México, en una cultura tan diferente, me causó una profundísima nostalgia. La mexicanidad me entró por los sentidos: una noción nebulosa de ser mexicano empezó a plasmarse en sabores, sonidos, texturas, colores y olores que echaba de menos y que me dejaban claro que yo pertenecía al país donde los había percibido. Me avasalló una pasión por nuestra comida, nuestra música, nuestras artesanías, nuestros paisajes y nuestros aires. Y ese apasionamiento me llevó a abrazar un patriotismo cada vez más acendrado y estrecho. Estuve a punto de liarme a golpes con un compañero de clase, un gringo que se indignó por mi afirmación de que la pérdida de la mitad de nuestro territorio en 1847 había sido "un vil robo". Rompí ofendido las cartas de dos transnacionales que me ofrecieron empleo porque consideré que trabajar en una empresa extranjera era traicionar a mi patria. Movido por ese nacionalismo un tanto enfermizo, regresé a México tan pronto pude.

La enfermedad se agravó a mi regreso. Con todo, masoquista, tres años después decidí irme a estudiar un doctorado a Inglaterra. No aguanté mucho tiempo allá. Gasté mis pocos ahorros en boletos de avión para venir a pasar las Navidades con mi familia y, en cuanto cumplí con el periodo mínimo de residencia, volví para terminar aquí mi tesis. En ése mi segundo retorno mis emociones patrioteras me hicieron cometer un grave error, del que en otra ocasión le platicaré. Pero ya había comenzado a canalizar racionalmente mis sentimientos mediante el estudio del nacionalismo. Poco a poco fui madurando y entendiendo que el amor a una nación no se manifiesta en contraposición a las otras, y menos en la negación de la realidad propia. Me convencí de que nuestros rezagos y carencias son tan lacerantes como insoslayables y que no tendremos los privilegios del Primer Mundo mientras no estemos dispuestos a cambiar la parte insana de nuestra idiosincrasia, que se expresa en antivalores y actitudes que nos dañan y nos mantienen en la mediocridad.

Escribí primero México mestizo, un libro sobre la búsqueda de la mexicanidad. Exploré en él los esfuerzos de buena parte de la intelligentsia mexicana por darle una nación al Estado que en el papel heredamos de la Nueva España. Casi 20 años después redacté con el dolor a cuestas esta obra sobre nuestro México escindido, donde concluyo que nuestro problema de fondo es una identidad fracturada y que de ella nació el arquetipo que bauticé como mexiJano: un mexicano regido por el dios Jano cuya dualidad induce un comportamiento contradictorio y esquizoide que es, a mi juicio, la causa de nuestra corrupción y de nuestra desigualdad social. Huelga explicar que el nuestro no es un problema de ignorancia sino de inconsciencia. Conocemos nuestras lacras, pero en lugar de combatirlas las celebramos y, al hacerlo, trocamos reproche en complacencia.

En suma, de mi chovinismo juvenil pasé a la convicción de que el mejor servicio que le podemos hacer a nuestro país es reconocer y combatir nuestros vicios. Quiero a México tan entrañablemente como antes, pero ahora sé que no vamos a salir del subdesarrollo si no nos sometemos a una autocrítica descarnada, si no somos capaces de encarar con realismo nuestra deshonestidad y nuestra injusticia. No se trata de denigrarnos sino de dejar de engañarnos a nosotros mismos. Ya festejamos nuestro bicentenario; es hora de hacer con toda crudeza un análisis de conciencia y un propósito de enmienda. No es exaltación acrítica sino introspección sincera lo que necesitamos. He aquí el trasfondo de mi Mexicanidad y esquizofrenia que, en el marco de la Feria Internacional del Libro en el Zócalo, Sergio Aguayo, José Antonio Crespo y Diego Valadés me harán el honor de presentar pasado mañana miércoles a las 19 horas en el Museo de la Ciudad de México. Si usted cree que la autoestima y el bienestar nacen de la indulgencia y el autoelogio, la dureza de mi ensayo le provocará irritación. Si piensa como yo que nuestros niveles de corrupción y de miseria son inadmisibles, que sus raíces están en nuestra historia y en nuestra cultura, que los mexicanos debemos emprender de una vez por todas el asalto a la altura y que hacerlo presupone superar nuestras simulaciones y realizar el ejercicio doloroso de vernos en el espejo tal como somos, le va a interesar. En todo caso, lo invito a que lo lea.

*Director de Posgrado de la Universidad Iberoamericana

abasave@prodigy.net.mx



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