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Política o economía / Macario Schettino / El Universal
5 de Febrero del 2010
Durante los últimos días ha aparecido un extraño debate acerca de qué es lo que necesitan los mexicanos en este momento, si cambios en lo político o avances en lo económico. Surgió como una excusa de diputados priístas que no coinciden con las propuestas de la llamada reforma política del Presidente. En su opinión, no hay que dedicarle mucho tiempo a ellas, porque en realidad lo que los mexicanos necesitan es mejoría económica y social.
Es indudable, tienen razón en la segunda parte de su afirmación. En el fondo, lo que nos interesa a todos es una vida mejor, una sociedad más justa y segura, y una economía que nos permita desarrollarnos individual y colectivamente. La pregunta es, si esa preferencia de los mexicanos es tan evidente, ¿Por qué entonces no hemos sido capaces de lograrlo? Porque el deterioro social y económico del país no es cosa de hace unos días, o unos años, es algo que nos ha acompañado durante todo el siglo pasado.
Los apologistas del antiguo régimen insisten en que México logró grandes éxitos bajo esa forma de gobierno. En su óptica, todos los problemas económicos (y sociales) de nuestro país iniciaron con lo que llaman “neoliberalismo”, cuyo inicio se da en 1982. Nada nos dicen de cómo ese régimen endeudó al país desde 1965. Nada dicen de cómo, en todo el siglo, la estructura económica de México se construyó bajo un esquema corporativo, que acumuló privilegios en sindicatos, centrales campesinas y empresarios socios de los políticos de ese régimen. Nada se dice de cómo, para 1982, México no era capaz de producir prácticamente nada en condiciones competitivas frente al resto del mundo.
Y es por eso que la prioridad entre política y economía es relevante. Después de más de 200 años de estudiar las causas del crecimiento económico, los investigadores han comprendido que éste ocurre cuando se logra construir un marco de reglas que incentiva la inversión en infraestructura y en capital humano. Es decir, el crecimiento no viene de la inversión por sí misma, ni de la educación sola, es resultado de la combinación de ambas, cosa que sólo ocurre cuando las reglas que la sociedad se ha dado a sí misma lo fomentan.
El problema de México durante el siglo XX fue precisamente ése. Las reglas que se construyeron en México no tenían como objetivo promover ni la inversión ni la educación, y es por eso que crecimos mientras tuvimos recursos naturales ociosos que se pudieron explotar. No olvidemos que en 1938, el nivel económico del país apenas recuperaba el nivel de 1910, y es sólo a partir de 1940 que tenemos, por fin, crecimiento en el país. Un crecimiento que dependió, hasta mediados de los 60, de la incorporación de terrenos ociosos a la agricultura y ganadería. En esos años, poco se añadió en cuestión industrial, a pesar de la creencia común de que México se industrializaba. Falso.
Precisamente por ello, a partir de 1965, cuando se acabó la tierra productiva, el país sólo pudo seguir creciendo con base en endeudamiento. Y eso ocurrió porque el régimen necesitaba tener recursos excedentes para seguir pagando a las corporaciones, y a los empresarios con quienes estaba asociado su apoyo político. En 1965 empieza a crecer la deuda (como porcentaje de la economía), lo mismo que la inflación. Vamos cerrando cada vez más al país, porque ya no podemos competir, y en 1982 todo se hunde, regresamos a la realidad, a un país destruido por ese régimen político, sin embargo, pudo sobrevivir varios años más, gracias a un nuevo recurso natural, al petróleo.
Hoy nos dicen, urge resolver el asunto económico y social, y que la política puede esperar. Nos lo dicen los priístas que llegaron al poder precisamente cuando López Portillo destruía lo último de la economía nacional, y que hoy controlan la Cámara de Diputados. Lo dicen quienes también quieren posponer los cambios económicos relevantes, es decir, una reforma fiscal seria, por impulsar exactamente las mismas políticas que destruyeron nuestra economía: la banca de desarrollo, la política industrial, la política social como cooptación de votos.
El cinismo de estos personajes parece ilimitado. El aguante de nuestra economía, pero sobre todo de nuestra sociedad, no lo es. Abrir la política es soltar cuerda, regresar a la economía del pasado es tensarla. Y no hay cuerda que no se rompa.
www.macario.com.mx
Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
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