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8 de Septiembre del 2010                                
       
 
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El viento / Germán Dehesa / Reforma

5 de Febrero del 2010

“Cuando era niño, con pavor te oía/ en las puertas gemir de mi aposento;/ doloroso tristísimo lamento/ de misteriosos seres te creía./ Cuando era joven tu rumor decía/ frases que adivinó mi pensamiento;/ y cruzando después el campamento,/ ¡Patria!, tu ronca voz me repetía./ Hoy te siento azotando, en las oscuras/ noches de mi prisión las fuertes rejas;/ pero hanme dicho ya sus desventuras./ Que eres viento, nomás, cuando te quejas,/ eres viento si ruges o murmuras,/ viento si llegas, viento si te alejas.”
El soneto que acabas de leer, caro lector, lo escribió a mediados del siglo XIX un buen mexicano llamado Vicente Riva Palacio que es un buen ejemplo de aquellos artistas e intelectuales del siglo XIX que eran, a la vez, poetas, prosistas, pensadores, maestros, funcionarios públicos, perseguidos políticos, refugiados, embajadores y héroes nacionales si daba tiempo. La vida de estos personajes, sobre todo si se le compara con la de nuestros pachorrudos intelectuales de hoy, era fascinante porque era una aventura constante y así, un día eran ministros de educación y al siguiente, estaban en la cárcel de Tlatelolco escribiendo poemas como el que acabas de leer. Pero de eso, no quería hablar en este artículo, sino que quería referirme a este viento que llegó con febrero y que ha hecho que los capitalinos nos sintamos reos de una invisible prisión que nos tiene casi en la inmovilidad. Si pretendes movilizarte, será por tu cuenta y riesgo.
Exactamente eso fue lo que me pasó a mí. Este miércoles por la noche, me sentí superior a cualquiera y, aunque tosía como can, me hice de valor y decidí trasladarme en compañía de la enigmática Rubia Misteriosa al Auditorio Nacional, uno de los escenarios más fríos de la República, con el fin de disfrutar del baile de ese poderoso bailarín que es Joaquín Cortés. Desde el trayecto de ida, la lluvia, el frío y el viento hacían sentir su imperio sobre la Ciudad y, en particular, sobre los incautos ciudadanos quienes, nomás por sentirnos muy sabrosos, habíamos decidido surcar las calles por buenas o malas razones. La única ventaja de todo esto fue que el Periférico estaba, a diferencia de las jornadas formales, casi desierto. En diez minutos llegamos al Auditorio, penetramos y esperamos casi una hora para que Joaquinito comenzara a menearse. No digo que el bailarín español hubiera estado mal, pero tendría que haber estado sublime para justificar la salida. Hoy jueves, los periódicos me cuentan que la de ayer fue una de las noches más perras y adversas de los últimos tiempos (de la Independencia para acá). Bueno, yo estuve ahí, aunque todavía no sé muy bien qué pitos tocaba yo.
Hoy jueves sigue el mal tiempo, pero se anuncia la visita del sol para el fin de semana. Los capitalinos, si así lo desean, pueden ir al Teatro de la Ciudad para contagiarse de la alegría veracruzana atrapada en la música del mejor grupo veracruzano de la actualidad: “Son de Madera”. Será tiempo también de reactivar la Operación Cobija (inf. al tel. 5611 6513) porque urge mandar una buena dotación a Oaxaca. Decía Ruiz Cortines: ¡México!: al trabajo fecundo y creador.
HOY TOCA.


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