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Feuderalismo: rumbo a la elección presidencial / Héctor Aguilar Camín / Milenio
5 de Febrero del 2010
Se generaliza la idea de que la estrategia de alianzas del PRD y el PAN para derrotar al PRI en algunos estados es parte de la estrategia gubernamental hacia la sucesión del año 2012, un camino para impedir lo que hoy parece caer de su peso: el regreso del PRI a Los Pinos.
La carta mayor del PRI para ese regreso es el gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, quien lleva hoy una ventaja que se antoja irremontable sobre el resto de los competidores de su partido, y de los otros.
Reponer en distintos estados de gobierno priista la lógica de la transición democrática anterior del país —“Todos unidos contra el PRI”, “Demócratas y ciudadanos contra autoritarios y corruptos”—, estrategia cumplida en los años 90 del siglo pasado y culminada en la alternancia del año 2000, garantiza conflictos electorales de los que pensábamos a salvo ya la democracia mexicana, pero es una ruta de competencia y desgaste que, de tener éxito, puede dañar seriamente al puntero del PRI.
La oposición reunida contra el PRI en distintos estados, con un candidato único presentado en la lógica de que es el candidato de los demócratas renacidos contra los priistas autoritarios de siempre, puede dar victorias y encarecer las derrotas con protestas poselectorales.
Si las alianzas funcionan en algunos estados, pueden funcionar también el año entrante en las elecciones del Estado de México, donde los votos sumados del PAN y el PRD son mayoría —como en casi todos los estados.
Perder las elecciones de su estado desinflaría la candidatura de Peña Nieto y emparejaría automáticamente la carrera por la sucesión presidencial, pues los candidatos sustitutos del PRI parecerían alcanzables por los candidatos del PAN y por los del PRD.
De modo que en la caza de Peña Nieto hay más interesados que sólo el gobierno federal, el PAN y el PRD. La estrategia puede tener el efecto no buscado de cohesionar más rápidamente al PRI en torno a Peña Nieto. Pero la naturaleza humana y la ambición política no son fáciles de domar: el fuego amigo es un enemigo de temer.
Lo que produce ya la estrategia de alianzas contra el PRI es cerrar al PRI a las iniciativas de reforma del presidente y del gobierno federal.
El presidente parece dispuesto a ocupar el espacio de ese rechazo para construir el discurso público de que el PRI es la fuerza conservadora a derrotar, el partido que se niega a las reformas que el país necesita, el partido que no debe llegar nuevamente a Los Pinos.
Si todo lo que aquí se apunta es cierto, o aproximadamente cierto, nos esperan dos años de batallas regionales guiadas por la lógica política anterior a la alternancia. Y por el ruido predemocrático consiguiente.
acamin@milenio.com
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